Cuéntame… Pero que sea de vino

Hoy tengo el gustazo de compartir con todos vosotros  una bonita historia llena de vino. Se trata de “Copa llena”, el cuento ganador de la III Edición del certamen de  Cuentos Cortos sobre el vino (www.facebook.com/CCCsobreelvino), que organiza el Club de Cata California. Gabriela V. Velázquez (@RelatosCortosGV),su autora, relata una entrañable historia de un viticultor y bodeguero Jerezano,  que consciente de que vive sus últimos días, prepara meticulosamente su particular y emocionante testamento, dedicado plenamente a lo que ha sido su vida, el Sherry.

Certamen De Cuentos Cortos Sobre El Vino | Facebook
Certamen De Cuentos Cortos Sobre El Vino. 193 likes. El Club de Cata California recupera su actividad poniendo en marcha el Certamen de Cuentos Cortos…
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VORS

Como recomendación, si me lo permites,  para favorecer la lectura y que tu cuerpo sea presa del  sofá, sírvete una buena copa de oloroso, Alfonso de González Byass o el VORS Tradición de bodegas Tradición, depende de cuánto quieras viajar en el tiempo, o mejor dicho, cuantos años te quieras beber. Te aseguro que agradecerás mi recomendación, y el cuento también.

Aquí vá el relato:

 COPA LLENA

 Autora: Gabriela Verónica Velázquez (Las Palmas de Gran Canaria).

 El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte.

George Brassens

Dejé mi testamento dentro de la mochila, que acababa de preparar, junto a una caja. En su exterior, rezaba frágil. Después, subí con dificultad las escaleras hasta la buhardilla y guardé todo en el armario de las herramientas. Sabía que mi hijo mayor sería el primero en encontrarla. Iría allí a lamentar mi pérdida. Lo conocía bien… Me quedé embobado mirando el verde raído de la bolsa y reproduciendo una escena que ocurriría en breve. No sabía cuándo, pero mi respiración gastada y mis latidos lentos me alertaban.

La carta, allí guardada, iba escrita por mi puño. La letra era temblorosa, pero clara, y me había esmerado en los detalles. Me miré las manos ajadas. Las venas se marcaban entre las manchas de la piel reseca… A los ochenta, sabía cómo vivir y a la vez, cómo quería partir. El morral estaba preparado para un viaje corto.

Primeramente, convenía asegurar la intimidad. Por tanto, nada de esquelas en Periódicos. Sólo deseaba la despedida de la familia, esa gran familia construida junto a

Maite, quien debía mantener la compostura dentro de lo que pudiera consentirse, al igual que los hijos, ya adultos y encaminados, con sus mujeres. ¿Había sido muy estricto con los tres vástagos? En cuanto a ese recelo, decidí dejar el interrogante como inspiración a un pequeño discurso aparte, para su lectura, en algún otro momento, si lo creyesen adecuado.

Era imprescindible que estuvieran los nietos. Con ellos, mi condescendencia confirmó que empezaba a envejecer. Por consiguiente, demandaba que fueran vestidos de colores y que les permitieran comportarse como en un festejo. Así, debían percibir aquel adiós.

¿Deseaba que asistieran algunos amigos? Por supuesto. De los pocos que permanecíamos —ya habían partido varios— anhelaba la presencia de aquellos a los que creía haber aportado algo. Cuando decidí este punto, sólo pensé en Paco y Mario… No pude evitar recordar la primera cepa que plantamos juntos en medio de aquel inmenso pago de albariza. Habíamos invertido todos nuestros ahorros… Las llanuras y las suaves lomas sólo nos arrojaban tibias promesas blancas en aquella ocasión. Ansiosos, miramos el horizonte de caliza. Eso había sido cuarenta… ¡o cincuenta años atrás! El tronco echó raíces y prosperó… Pasaron guerras, buenas y malas épocas, sequías, enfermedades, festejos… ¡Ay!

 Nada de flores.

Con todas estas pautas, concluía en que no correspondía funeral ni homilía, pero especificaba dónde y cómo debían proceder con mis cenizas.

El último párrafo, el que generaría mayores expectativas, consistía en la repartición de bienes. ¿Qué posee un viejo vinatero y bodeguero? ¿Cuál es su mayor tesoro? ¿Qué reliquia puede esconder?

Con ironía, resolví estas dudas en unas líneas concisas. Evitaría así, las hipótesis:

Toda mi herencia se encontraba en la mochila y en esa caja. Familia y amigos las cogerían y juntos saldrían sobre las diez de la mañana. Sin coches, a pie, los invitaba a saborear el aire matutino del pueblo. Desde la bodega, alcanzarían la loma majestuosa de Mahina en una hora. Allí, buscarían la parte más alta. Paco y Mario sabrían el lugar exacto. Entonces, el sol pegaría bien. Los niños deberían llevar gorras y protección. Los mayores tendrían que ser cautos, también. Entre unas cosas y otras, los sorprendería el mediodía, la hora perfecta para un descanso, y el momento idóneo para que las bocas se pronuncien secas.

Entonces, reviviendo aquellos sueños blancos, que tuvimos una vez tres amigos, mis hijos abrirían la mochila para sacar las doce mejores botellas de un buen fino de ese mismo año, una de nuestras mejores elaboraciones en largo tiempo… y este era su momento de gloria. Sospechaba que los vientos del levante les llenarían los ojos de lágrimas. Eso dirían para excusarse. De aquella manera, verían lo admirado con mis amigos, medio siglo atrás, aunque esta vez, sueños de caliza cumplidos entre vides de Jerez.

Paco quitaría la corona y Mario lo serviría en los catavinos, que Maite dispondría de las cajas. No dudaba que el color amarillo pajizo sería de los más transparentes.

El rito se habría iniciado así, para finalmente, terminar en un choque de vasos:

¡Brindad por mí, familia y amigos! El sabor haría el resto, porque era mi herencia. Toda mi herencia: nuestra historia de viñedos, la oferta de convertir la bodega en centenaria, como otras, y los recuerdos que podía desatar un buen caldo…

Intuía que en sus mentes se colarían aquellas madrugadas, con los murmullos de los peones por aquí y por allá, anunciando el inicio de la vendimia; la recolección bajo el sol tajante; los juegos entre las parras; los romances endulzados por escobajos oscuros

y uvas rendidas; el olor de los asaderos inaugurando la pisa…

Mmm… Y después, la elaboración. No pude evitar trasladarme al interior de mi querida bodega: los pasillos que ya no recorrería, las soleras que ya no rondaría… Las filas de botas intercambiarían mostos nuevos, ¡percibía el olor fermentado! Siempre, el mismo: palomino fino/listán, no precisamente aromático, pero sabía conjugar el clima y el suelo en un aroma suave, que impregnaba las paredes ya añejas. Me gustaban los cascos de gran altura, a dos aguas, con el suelo de albero y piedras de lastre. Era un refugio perfecto para salvaguardar aquellas botas. Las enormes ventanas orientadas a poniente y levante permitían la humedad salina conveniente para llenar de arrumacos la crianza… Así de delicado era el proceso… Sí… Me marchaba, pero mi fiesta comenzaba con el legado que trasmitía. Y un buen fino ¡era para celebrar!

*“De Rota, la tintilla; de Sanlúcar, la manzanilla; y de Jerez, el que rey de los vinos es.”

Cerré el armario, con toda mi andadura adentro, y bajé de la buhardilla para regresar al dormitorio. Había dejado la puerta entreabierta. Me vi tumbado en la cama.

En ese momento, experimenté cómo mis pies levitaban y supe que sólo mi cuerpo allí tendido continuaba en el mundo terrenal.

¡A mi salud!, pensé y salí por la ventana, adelantando el camino indicado antes, en mi testamento.

* Francisco José ALVAREZ CURIEL y Miguel Ángel MORETA LARA: Los andaluces en el refranero.

 

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