Cocinar en tiempos Revueltos

Ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que me propuse volver a escribir sobre cocina y gastronomía, esto ha ocurrido por varias razones, la falta de tiempo en algunos momentos, decisiones personales en otros, pero sobre todo ha habido un motivo sustancialmente importante: como en un momento tan difícil como el que se vive en muchísimos hogares en que las necesidades nutritivas básicas se cubren a duras penas, es posible hablar de buena cocina y de grandes productos sin que atufe a snob de medio pelo ni a gastro-intelectual insoportable.

Ya nos lo avisaron, corren malos tiempos para la lírica (ignoro si fueron buenos alguna vez), y es que cuando la bossa no sona… La gente se encabrona, los actos poéticos tienen poca cabida entre las notificaciones de impago y embargo, las putadas del Euribor y la incertidumbre de los cada vez más largos finales de mes. Yo que, como Celaya, maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, los que lavándose las manos se desentienden y evaden, he decidido a desentumecer las teclas mi ordenador y correr el riesgo de acabar con seguridad metiendo la pata en alguno de los comentarios que pueda plasmar aquí, cosa que suele suceder casi siempre que mi lengua es capaz de engarzar con los erráticos impulsos eléctricos que circulan en el interior de mi cabeza (jodida sinapsis…).

Con la acuciante crisis económica y social que vivimos, el capitalismo más frío y salvaje ha sabido asestarnos su golpe más certero y mortal en una maniobra magistralmente orquestada y ejecutada, ha sido capaz de cercenar de un solo tajo el sustento diario de nuestras familias, con la inevitable consecuencia de hacernos dependientes de unos mercados que, al igual que ocurre con la esposa del detective Colombo, todos hemos oído hablar de ella pero, nunca nadie la ha visto; esos mismos mercados que rigen y deciden cual es el valor de nuestra existencia tomando como única referencia el coste de los cotizables y el beneficio que de ellos se obtiene gracias al consumo que de su parte se impone, ha dejado fuera de combate a los pequeños productores que se esfuerzan en sobrevivir con unos más que ajustados márgenes que, en ocasiones, no se pueden considerar ni tan siquiera como salario. Son precisamente estas pequeñas entidades las que podrían servir de ejemplo en tiempos tan convulsos como estos, su apuesta por una calidad sostenible debería ser muestra para las grandes multinacionales que se dedican a expoliar materias primas en países del tercer mundo, favoreciendo y aprovechándose del empobrecimiento de los mismos; estos trabajadores, autónomos en muchos casos y pequeñas explotaciones familiares en otros, pagan un precio justo en origen por los materiales que utilizan en sus procesos productivos…
No voy a dar aquí ninguna diatriba acerca de las bases en las que se debería sustentar un comercio justo y sostenible, ese trabajo corresponde a otras personas, de lo que trata este artículo es de como se está traduciendo toda esto en nuestros lugares de trabajo; la mayoría han sido convertidos en proyectos de apariencia sin contenido, en lugares donde, ejecutar nuestro oficio, está subordinado a satisfacer a pijos de bajo coste, es decir, personajes que siendo unos “pelaos”, tienen la necesidad de reunirse en el local de moda oportuno y sin ningún complejo torturar la mente y el espacio del camarero que intenta atenderle, haciendo gala de una extensa a la vez que estúpida capacidad crítica y analítica mientras que diserta sobre la cantidad y tamaño de ojos que debería tener la cuña de queso que como cortesía le ofrece la casa…
Como digo en el título de este post, son tiempos revueltos, tiempos en los que agudizar la inteligencia se impone y afilar el verbo es imperativo porque, tarde o temprano todo esto pasará.
No por nada fuimos los mejores y aunque en la vorágine de estos días nos cueste verlo, quizá nunca dejamos de serlo

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